“Drogas inteligentes, gente no tan inteligente” o “Cómo compré mi cerebro por internet”

Cocaína, speed, anfetaminas, metanfetaminas, marihuana y hachís. Todas estas drogas nos son de sobra conocidas y sus riesgos nos llegan constantemente a través de campañas de prevención y concienciación. ¿La causa más común de su consumo? Pasar un buen rato.

Sin embargo, con el aumento incipiente de la competitividad laboral y académica, un nuevo uso cada vez más frecuente se está extendiendo por el mundo occidental y en concreto por las universidades. Si antes se tomaban drogas para desinhibirse y sentirse integrados, ahora se toman para trabajar y estudiar mejor. Tener más energía y mejor concentración equivale a una mayor tasa de éxito y por lo tanto a una mayor aprobación por parte de tus compañeros. Si no eres alguien no te quiere nadie. No solo estás mejor, eres mejor. Es como matar dos pájaros de un tiro, ¿verdad?

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La cultura de las smart drugs empezó en los años 80 cuando los jóvenes de esa época consumían MDMA (éxtasis) y derivados de anfetaminas como estimulantes en las discotecas, introduciendo una alternativa al alcohol. En los años 90 en ciudades como Chicago se popularizaron los smart bars, establecimientos donde además de bailar entre luces brillantes echaban a las bebidas drogas estimulantes. En la década de los 2000 hasta el día de hoy el uso de estas drogas se ha trasladado al ámbito académico. Los estudiantes antes de un examen consumen anfetaminas y derivados para concentrarse mejor y rendir más. Esta conducta ya de por sí es peligrosa y nociva, pero hay personas que (cómo no) lo llevan todo un paso más allá.

Todos conocemos al mítico amigo o amiga que se pasa con la bebida. Cuando sale bebe más que la mayoría (aunque siempre dice que “controla”) y no se corta a la hora de mezclar ginebra con ron y licor café y bebérselo todo de dos tragos. Ahora traslademos este mismo ejemplo al campo de las drogas, sumémosle una ambición desenfrenada y posibles problemas psicológicos o sociales, ¿ya no suena tan gracioso, verdad? Este tipo de personas mezcla sustancias muy diferentes y en cantidades que siempre van en aumento siempre bajo el mismo criterio: lograr ser mejor y más inteligente.

En los últimos años el mercado de las drogas inteligentes ha ido en aumento gracias a Internet. El fácil acceso a sustancias psicoestimulantes y a información (a menudo no contrastada) sobre ellos induce a un aumento progresivo de la demanda por parte de la generación que más controla de la web: nosotros, los estudiantes. Aparte de drogas propiamente duras y serias como anfetaminas y derivados también han ido apareciendo alternativas aparentemente no tan nocivas  para gente más “cauta”.

Los llamados “nootrópicos” son por definición sustancias que actúan sobre el sistema nervioso central con efectos secundarios mínimos. Prometen frenar el deterioro cognitivo, mejorar la memoria y la concentración y estimular la creatividad y el razonamiento lógico. Piracetam, Mesilato ergoloide, Pramiracetam, suplementos de colina, piritinol… éstos y muchos otros son ejemplos de fármacos de dudosa eficacia y que no han pasado suficientes pruebas pero que al pertenecer a la categoría de nootrópicos automáticamente dan cierta confianza al consumidor y potencian su compra. Una de las características más positivas y a la vez peligrosas de estas sustancias es que no son estimulantes ni sedantes, por lo cual sus efectos a menudo son difíciles de apreciar de inmediato, lo que suele dar lugar a tomas repetidas para intentar potenciar su efecto. La gente que toma estos fármacos siempre acaba mezclándolos y aumentando considerablemente las dosis (una breve búsqueda por internet nos lo confirmará). Todo esto por supuesto llevado a cabo sin conocimientos seguros sobre Medicina, Farmacia o Bioquímica y sin poner sobre aviso a un profesional médico.

Un caso es el de un estudiante que, entre muchos otros, mezclaba hierba de San Juan (coagulante) con Gingko Biloba (anticoagulante) en cantidades elevadas. La cara del médico que lo atendió fue un poema.

La otra cara de la moneda es el negocio que montan muchas páginas por internet prometiendo hierbas con estas mismas propiedades neuroestimulantes a precio de medicamento. Una hierba es natural, no puede ser mala. ¿verdad? Por ejemplo la Bacopa monnieri, una planta de la India empleada durante miles de años en la medicina ayurveda y que supuestamente mejora la memoria. Al autor le gustaría dejar en el aire la efectividad de tal hierba, otras muchas afirman tener las mismas propiedades y han resultado ser un bulo. Lo verdaderamente peligroso es que la Bacopa monnieri, producida en exclusiva en la India y adquirible solo a través de internet, tiene unas concentraciones de plomo diez veces más altas de lo permitido. Ya no suena tan atractiva. Situaciones parecidas suceden con otras plantas aparentemente geniales.

Es cierto que hoy en día un gran número de sustancias prometen mucho a la hora de curar enfermedades neurodegenerativas o potenciar los procesos cognitivos de nuestra mente, pero de ninguna forma está asentada la administración de estos medicamentos a gente sana, ya que ahí se elimina el control que el médico hace sobre su paciente y se plantean nuevos riesgos para la salud en base a su abuso. ¿Quién no daría un poco de su salud a cambio del éxito profesional? ¿Vale la pena?

Puede que algún día existan tiendas que ofrezcan sustancias para la “cosmética cerebral” totalmente seguras y normalizadas, pero por el momento debemos ir con mucho cuidado y advertir al público de los riesgos que entrañan estas prácticas. Si solo puedes concentrarte gracias a una sustancia, ¿qué harás cuando se te acabe?

Alexander Lugilde Guerbek 14/10/2016

https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23824547

https://goo.gl/abhfO4

 

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